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Un solitario susurro.

«Es reconfortante poder pronunciar la palabra silla y señalar la silla que hay en una habitación. Es reconfortante ver la silla y susurrar la palabra silla para nuestros adentros, como si eso diera por zanjado el asunto, como si la palabra y el mundo se encontraran.»

Siri Hustvedt, Vivir, pensar, mirar.

Desde que leí ese pasaje de Hustvedt, no he podido dejar de pensar en él ni un sólo día.

Encuentro la calma al saber que puedo nombrar las cosas, definirlas y me resulta sumamente placentero hacerlo. Algo en apariencia tan banal como conocer el significado de una palabra hace que me sienta poderosa, como si fuera poseedora de un gran secreto. 

Tengo siempre muy presente la pieza de «Una y tres sillas» de Kosuth en la que la definición, la representación y el objeto se conectan entre sí de una forma tan tajante, directa y visual. Desearía poder extrapolar la sensación que me provoca la obra a otros pensamientos que protagonizan mis dudas. 

Especialmente al conflicto que me surge con la imposible tarea de separar lo objetivo de lo subjetivo. Dar vueltas a un concepto sin lograr diferenciar qué parte es real y qué parte es inventada. Comprobar todas las combinaciones, sopesar las variaciones sin tener idea de si sé dónde está el punto de fuga. 

Persigo con constancia el rastro de la coherencia. Voy tras él sin descanso, viendo en ocasiones tan sólo su estela en forma de promesa.

La definición de silla que propone la RAE es «asiento con respaldo, por lo general con cuatro patas y en el que sólo cabe una persona.» Es exactamente así. Esa persona soy yo, sentada en la silla a solas tratando de encontrar la solución, enfrentándome al miedo de no hallarla, sola ante el bullicio, el ruido de fondo o las telarañas pegajosas que conforman mis letras. La página en blanco también está repleta de palabras que vociferan amenazantes, que se alimentan y se multiplican con mi soledad en la silla. Pero hay ocasiones en las que algunas de ellas alinean mi lado más mental con el emocional y siento que por fin todo encaja.

Y entonces, sólo entonces, puedo dar por zanjado mi asunto y susurrar: punto y aparte.

No hay nada que supere la satisfacción alcanzada tras resolver un pequeño enigma.